ASOCIACION CULTURAL AIANAI KULTUR ELKARTEA

CRUCE DE CAMINOS DEL ROCK EN VITORIA

HIJA DE EDICIONES AIANAI. EDITORIAL DE ROCK NACIDA EN 1993

REQUIEM POR UN AFRANCESADO

Escrito por aianai 21-06-2013 en Relatos. Comentarios (0)

RÉQUIEM POR UN AFRANCESADO

Vitoria, 21 de junio de 1813. Interior. Biblioteca del palacio de los marqueses de Montehermoso.

Soy un afrancesado, ¿y qué?

Muchos estábamos deseando poder escupir en París. ¿Cómo iba yo a saber que la Revolución Francesa y la abolición de los privilegios terminarían así, con la tierra arrasada, las gentes arruinadas, las familias destrozadas y los pueblos saqueados?

Afrancesado, de los pies a la cabeza. Os juro que a mí no me importó que se fueran los reyes por donde había venido Felipe V. Yo era como un caballerito de Azkoitia, ¿me entendéis? Amaba la Ilustración, el Progreso, a la diosa Razón… y odiaba al clero cazurro y a nuestra cerril aristocracia. Quería que las cosas cambiasen: la higiene, la educación, la agricultura, la ciencia, las artes, las mujeres.

Cuando, en abril de 1808, Fernando VII pasó por Vitoria, de camino a Bayona, y la gente se arremolinó en Mateo Moraza para impedir que se fuera, yo me reía de todos ellos, con una copa en la mano.

Qué amargura me da recordar aquellas risas estúpidas. Ya entonces, más de 6000 franceses estaban acantonados aquí, viviendo principalmente en los conventos que los frailes habían tenido que abandonar.

Es verdad que nos llenamos de franceses, pero a mí me gustaba el trasiego de regimientos, oficiales, generales, mariscales y hasta de simples soldados, con sus impresionantes shacós, coronados por el  águila imperial.

Me gustaba todo de los franceses. ¡Eran tan distintos a nosotros! Educados, sensibles, atentos, bien vestidos, perfumados, galantes. No había más que verlos tratar a las mujeres. Ni se avergonzaban ante ellas, ni se ponían a fanfarronear. ¡No me extraña que en San Sebastián los recibieran con banderitas!

En Vitoria los acogimos más tibiamente, no somos tan abiertos como los guipuzcoanos. Muchos se hacían cruces de que los recién llegados usaran las iglesias de almacén, polvorín o molino. Pero cuando José I se encariñó de nuestra marquesa de Montehermoso, la gente se tranquilizó, aunque yo por dentro rabiaba.

El rey francés no fue el único en caer preso de sus encantos. Muchos la adorábamos a una prudente distancia, la que permitían las tertulias en su palacio. ¡Qué fiestas, qué banquetes, qué conciertos! ¡Qué tiempos aquellos que nunca volverán! Fueron los mejores momentos de mi vida. Hacíamos excursiones al oppidum y a tantos sitios. Éramos la juventud dorada.

 

Aunque no le recomiendo a nadie que se enamore en plena guerra. Bueno, yo la quería de antes, y también al marqués y a su biblioteca. Me maravillaba que don Ortuño pudiera seguir concentrado en sus mil actividades, mientras ella se la pegaba con José I y acudía a los actos oficiales del brazo del rey francés. Ella, la esposa de un excelso representante de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, cuya máxima, que yo seguí a pies juntillas, fue desterrar el ocio y la ignorancia.

Precisamente, había sido en el Seminario de Vergara donde conocí a Pilar, una de las pocas mujeres que acudía a las clases, aunque muy pronto, con solo 16 años, lo dejó para casarse. Y se instaló en Vitoria, adonde yo volví como su perrito faldero.

Yo era un simple músico. Nada de maestro de capilla de la Catedral, ni tampoco organista de ninguna iglesia o convento. Yo no soy Pedro de Landázuri ni Baltasar Mantelli, sino atabalero de la provincia, y tocaba el tambor en las reuniones de las Juntas Generales, en romerías, en las fiestas de las cofradías, trabajo no me faltaba… hasta que llegó la guerra.

¿Vino o la trajimos?

Mi afrancesamiento me colocó de pronto en una posición social que no me correspondía. Empezaron a pedirme favores. La gente no estaba para clarines, lo que necesitaba eran recomendaciones ante la administración de José I. Yo no me quería negar, ni podía. La vida es larga, los franceses no estarían para siempre, ¿o sí?

Mientras, yo disfrutaba de mis privilegios. El más preciado, estar muy cerca de la marquesa, cuando no estaba en Madrid o en San Juan de Luz. Si ella entraba en la habitación, te olvidabas hasta de que había guerrilleros por los caminos.

Yo estaba convencido de que esos brigantes, gran pesadilla del ejército francés, asaltadores profesionales, eran los verdaderos causantes de todos nuestros problemas. Ellos se apoderaban de los suministros, atacaban los convoys de abastecimiento, mataban a las autoridades leales a José I, que no podían consentir que esa gente campase a sus anchas. Por su culpa, las puertas de la ciudad estaban cerradas a cal y canto. No se celebraban los días de mercado, por supuesto, y nos habíamos olvidado de lo que eran las romerías, porque en los pueblos reinaba la anarquía más considerable.

 Si no eran las acciones de los brigantes, eran las represalias de los franceses, que a las mujeres que colaboraban con la guerrilla les cortaban la melena para ponerla de penacho en sus cascos.

En una de esas noches que volvía titubeante a casa, después de libar a conciencia del néctar de los marqueses, y haber pasado la velada hojeando distraídamente los hermosos libros de don Ortuño, mientras con disimulo no perdía detalle de los movimientos y conversaciones de doña Pilar, tomé conciencia por primera vez de aquella guerra, que hasta entonces había sido para mí como un baile de salón.

Fue cuando mi hermano Jesús me gritó:

-¿Cómo no se te cae la cara de vergüenza?

Al calor de la lumbre, a oscuras, callados, encontré a mi padre, mi madre y Jesús. Tropecé con la mesa de la cocina, dando un traspié. Jesús se levantó como un rayo. ¡Han matado al tío y tú te presentas así! Mi madre se echó a llorar, era su único hermano. Padre se levantó también, desencajado, muy enflaquecido. Pronto moriría. Yo no conseguí quitarme la media sonrisa beoda ni cuando Jesús me agarró del cuello de la camisa.

Todos mis familiares y conocidos estaban pálidos y más delgados. A mi prima Sole la habían violado. Unos morían, muchos enfermaban, mientras los franceses ocupaban en exclusiva el hospital de Santiago. Había tantos muertos que se empezó a enterrar a las afueras, en la ermita de Santa Isabel, camino de Arriaga. Allí dimos sepultura a padre, después de que el tifus se lo llevase.

La gente se moría por las calles, las plazas se llenaban de basura. Y un día, mi hermano Jesús desapareció, pensé que lo habían matado pero luego me enteré que se había echado al monte, como tantos jóvenes de los alrededores. Fue el mismo día de 1811 en que supe que el marqués había muerto en Francia, adonde había viajado para asistir al bautizo del hijo de Napoleón.

Estando mi madre sola en casa, comencé a pasar más tiempo con ella. Procuraba recogerme pronto aunque a mí no me afectase el toque de queda, y siempre me la encontraba con la lumbre apagada, bisbiseando mientras pasaba las cuentas del rosario. Parecía un espectro. Le llevaba comida y carbón.

-Yo patatas no como, me advirtió cuando traje el tubérculo que hacía furor entre los franceses.

Sentado junto a ella, las horas pasaban en silencio. Tuve mucho tiempo para pensar, recordar y lamentarme. Los vecinos habían abandonado las calles, las tiendas estaban cerradas, no había nada que vender.

Esta mañana se han oído gaitas. Mejor que el constante crujir de carruajes, ese sonido lúgubre que nos acompaña desde hace días. Es el convoy de los franceses y de todos los que aquí han medrado con ellos, así que yo debería irme también, ¿no? Pero no tengo miedo a las represalias. Si me matan, que me maten. Tantos han muerto desde que empezó esto. El padre,  mi pobre hermano. Ni siquiera un afrancesado como yo pudo salvarlo de los gabachos, que levantaron un patíbulo en la plaza Vieja y dejaron colgando durante días su cadáver para escarmiento público.

Ella también se ha ido hoy, casi sin mirarme a la cara. Nunca me había hecho demasiado caso, para qué engañarnos, pero pensé que ante un adiós tan dramático y precipitado, con todas las estancias del palacio desordenadas, y el servicio corriendo atribulado cargado de bultos, ella me demostraría su fragilidad afectuosamente, apoyándose en mi hombro.

Pero no hubo tiempo para el amor. ¡Qué ciego estuve, qué tonto fui! Con los ojos llenos de lágrimas, me refugié en la biblioteca. Amalita, la hija de la marquesa, miraba por la ventana con los brazos cruzados, esperando para marcharse. No quería que me viera llorando, así que cogí la guitarra que tantas canciones animó, en nuestras interminables tertulias de los buenos tiempos. Tocarla era tan absurdo como soplar frente a un huracán. Sólo una marcha militar hubiera acompañado adecuadamente estos momentos de guerra y desolación.

Una tremenda explosión retumbó en la ciudad entera. Había comenzado la batalla de Jundiz. Ante doscientos cañones hablando, de poco servían las palabras de nadie.

-¡Amalia, nos marchamos!

Me levanté para despedirme. ¿Quién era yo, a fin de cuentas? Creo que Amalia nunca comprendió realmente qué hacía un tipo como yo merodeando alrededor de sus vidas desde que tenía uso de razón.

En la calle, me crucé con el general Álava. Iba a caballo, rodeado de vecinos. Recordé los tiempos en que ambos fuimos igual de afrancesados. Creo que evitó mirarme. Yo también lo hubiera hecho.

© Elena López Aguirre, junio 2013

 

(Ésta es mi particular contribución, no a la conmemoración de una batalla sino a la comprensión de aquellos tiempos, no tan distintos de los actuales. Me interesaba el drama de los ilustrados y me interesaba todavía más la ceguera que provocan en el ser humano las ideologías) 

 

 

VI MEMORIAL JOHNNY BRUSKO & TITO ALDAMA

Escrito por aianai 11-10-2012 en MEMORIAL JOHNNY BRUSKO. Comentarios (0)


28 de abril de 2012

Este año, nuestro memorial en recuerdo de Juan Borikó tuvo un sabor especial porque los Hertzainak se sumaron a la celebración pues ellos también querían recordar al saxofonista Tito Aldama, que acababa de fallecer. Y fue una noche que nunca olvidaremos, no sólo porque Hertzainak volvió a tocar, después de casi 20 años de la desaparición del grupo, sino porque nos juntamos un montón de gente, la vieja guardia de Vitoria. Josu Zabala se curró un montaje audiovisual con fotos y grabaciones de un Tito para muchos desconocido, de cuando tocaba con orquestas en los años 60. Tito fue un niño cantor de la catedral de Santa María, tocó y fomentó la dulzaina en Álava, fue payaso, animador en mil fiestas, y cuando llegaron los años 80 él tenía el culo pelado de tocar, aunque casi nadie lo supiera, el pasado se pierde en los agujeros negros del tiempo.

Su hija Marta Aldama, voz en Pléyade y batería en la Xeta Pasote, además de meter baterías en el cd de Vulpes, colocó el saxo de Tito en la parte de arriba de la sala Hellodorado, y desde el otro mundo él seguro que estuvo feliz de esta despedida que se le rindió.

La noche comenzó con Gobeo Bay, antes Arawak, el grupo de Julen Trepiana y Oki, excomponentes de Potato, con Gustavo a la batería, Jose exMerlín, exKontrairo a la guitarra y los jovencísimos Jonatan (bajo) y la revelación de Mónika a los coros. Aquello sonaba a reggae por los cuatro costados, y la peña del Majara disfrutó: Javi, Txiki, Txebi, Saltaplín, Isi, Sole, Angelucho, Txema, Pili y sus hermanos, Ismael, Fernando y la Txus. Allí estaban también Ernesto Esparza y Carmen San Esteban, nuestros buenos amigos, Maite y Bodegas.

Cuando Hertzainak tocó, perdimos 30 años. Bailamos hasta reventar. Luis Nogales, Dorleta KMV, Alfredito, Pepe Zaldivar, Manolo Okendo, Txusa, Alfredo Jimmy Jazz, Ruper Ordorika, Mikel Urdangarin, Rita Murphy, Tito. Al violín-bajo, el insuperable Bingen Mendizabal. Qué noche, cuántas emociones. También bailaba Juan Uriarte.

Se rieron hasta los que siempre están serios, agradecían los que nunca te habían regalado un halago, fue una noche mágica, de buenas vibraciones, que decíamos antes.

El fin de fiesta llegó con Marc Benito y su Incoherent Band, habituales pero siempre refrescantes, haciendo feliz al personal, dispuestos a tragar kms por amor al arte, a la cultura, a la ciudad, a sus pintxos y sus potes, grandes conversadores, gente suave, un gustazo, con María y Gerard de pinches de ceremonias.

También actuó la incombustible Plum, del grupo de teatro La Tirili, uniendo música y clown, esa vieja fórmula.

Subió el actor Txema Blasco para recordar algunas anécdotas de cuando él y Tito formaban el grupo de payasos los Hermanos Chetti.

Juan y Tito seguro que están contentos.

 

 

 

 

 

HISTORIAS DEL ROCK VASCO, charla en el Artium

Escrito por aianai 30-04-2012 en General. Comentarios (0)

14 de enero de 2012

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Aianai, Zabala, yo, Juan Helldorado, Ritxi y Roberto Moso,

en la terraza de la cafetería de Artium.

 

 

Helldorado organizó estas Historias del rock vasco que contaron con la presencia de Josu Zabala (Hertzainak), Roberto Moso (Zarama), Ritxi Aizpuru (Baga-Biga Diskak), Juan Uriarte (Helldorado), Pedro Espinosa (Ediciones Aianai) y yo misma, como autora del libro que servía de pretexto para esta merienda-cena musico-cultural que comenzó a media tarde en Artium, con lleno en la sala de conferencias, y que continuó en Helldorado, con una fiesta para amigos, en la que actuaron Enrique Loyola, Carmen San Esteban, Plum La Tirili y Josu Zabala & Lagunak (Bingen Mendizabal, Mikel Urdangarin y Alex Ruiz de Azua).

 

Dije algunas cosas que ahora me gustaría fijar aquí, como que este libro no hubiera sido posible sin la implicación de un puñado de personas.  Quise agradecer su buena disposición a Daniel Castillejo, director de Artium en primer lugar, y a Xabier Arakistain Arakis, anterior director del centro cultural Montehermoso. Ellos dos han sido los padrinos de esta Historia del rock vasco que funcionará como libro de consulta en nuestras bibliotecas, algo que es un motivo de orgullo para mí.

 

La charla fue muy cálida y, como diría Roberto en su Zaramatimes, se respiraba un cierto orgullo local. ¡Pues claro! Los alaveses somos discretos pero creo que este libro no sólo es importante para mí sino también para la cultura vasca, y que será una referencia en su género en los próximos años, fundamentalmente porque no hay nada parecido que se haya escrito, algo que siempre me ha extrañado. ¿Por qué se gasta tanta tinta en el rock de Seattle y tan poca en el nuestro?

 

El libro está dedicado a un buen número de familiares y amigos, pero sufrí un lapsus imperdonable al no nombrar a dos personas que me ayudaron mucho en la edición de nuestros tres libros anteriores:  Loli Leiceaga y Jose Bellido, de Hélice Creativos. Con su generosidad y desinterés proporcionaron infraestructura al proyecto de Ediciones Aianai, en aquel lejano 1993.

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 Josu nos acompañó en el Miguelín acústico que Pedro y yo tocamos.

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Josu Zabala fue muy generoso y estuvo en la fiesta de Helldorado con unos cuantos lagunak de lujo: Bingen, Mikel y Alex.

V MEMORIAL JOHNNY BRUSKO

Escrito por aianai 03-04-2012 en MEMORIAL JOHNNY BRUSKO. Comentarios (0)

 

No quería seguir adelante sin consignar, con un retraso de la leche, eso sí, la celebración del V memorial dedicado a Juantxo Borikó. Lo celebramos el 31 de julio de 2011 en la sala Jimmy Jazz y actuaron Sly & Robbie y Junior Reid

Davy (Kingston Café) y Aianai

Ander GreenValley, siempre en la brecha.

 Fermin Muguruza y Txiki (antiguo trompetista de Potato)

 Amalia, Isiman (antiguo bajista de Potato) y uno de los músicos.

 Aianai con Emilio (del grupo de teatro Panta Rhei)

 Johnny Brusko preside el escenario.

 

HISTORIA DEL ROCK VASCO. EDOZEIN HERRIKO JAIXETAN

Escrito por aianai 04-12-2011 en General. Comentarios (5)

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Historia del rock vasco. Edozein herriko jaixetan* es una visita guiada alrededor de la música moderna vasca desde 1950 hasta nuestros días. El libro, que cuenta con 656 páginas y un completo índice onomástico para agilizar la consulta, está estructurado en 30 capítulos y se inicia con una documentada introducción que funciona como un quién es quién en la tradición poético-musical de Euskal Herria: Axular, Etxepare, Iztueta, Iradier, Iparaguirre, Sarasate, Etxahun-Iruri, Charles Bordes, Barandiarán, Campión, Gayarre, Azkue, Aita Donostia, Guridi, Laffite, Luis Mariano, orfeones, ochotes, el zortziko, los juegos florales, cancioneros, corales, txistularis, dantzaris, gaiteros…

Después de un extenso capítulo dedicado a la nueva canción de Ez Dok Amairu (Lete, Laboa, Lertxundi), la obra recala en la época dorada de los conjuntos (Los Mitos, Los Ágaros, Los Amis), consignando después el fenómeno de los grupos de plaza (Egan, Akelarre), del excepcional folk-rock encabezado por Oskorri, el euskal-rock sinfónico de Errobi e Itoiz, hasta llegar a la gran explosión de modernidad con La Orquesta Mondragón y el donosti sound.

Con el capítulo sobre el referencial punk vasco (Eskorbuto, RIP, Cicatriz, MCD), se abre la segunda parte de este ambicioso libro, publicado por Ediciones Aianai con el patrocinio de Artium y Montehermoso, y la colaboración de la discográfica Baga-Biga. Músicos, discos, grupos, conciertos, libros, clips, sellos, estudios, managers, realizadores, se van dando cita a lo largo de los sucesivos capítulos, dedicados al rock radical (Barricada, La Polla, Hertzainak, Kortatu), la Euskadi Tropikal (Potato, Tijuana), el pop (Duncan Dhu, Doctor Deseo), el Getxo sound (El Inquilino Comunista), el sonido Buenavista (La Perrera), el heavy-metal y sus derivaciones (Su Ta Gar, Soziedad Alkoholika), sin olvidar la fulgurante ascensión de Negu Gorriak, los nuevos grupos euskaldunes (Exkixu, Lin Ton Taun, EH Sukarra) y el metal berria (Ekon, Jousilouli).

Historia del rock vasco. Edozein herriko jaixetan, escrito por la periodista Elena López Aguirre, abarca toda Euskal Herria, sin perder nunca de vista el contexto internacional, y no descuida a los grupos de Iparralde (Sustraia), ocupándose del jazz (Iturralde, Iñaki Salvador), el blues y el stoner-rock (Mermaid), el rap (Kódigo Norte), el triki boom (Kepa Junkera), los nuevos cantautores (Mikel Urdangarin), las nuevas hornadas del pop (La Oreja de Van Gogh) la música dance (Hemendik At!), la vanguardia sonora (Mursego), el crossover vasco (Berri Txarrak, PILT), además de reservar un capítulo al rock realizado por mujeres.

El libro, cuarta referencia de Ediciones Aianai (Hertzainak: La Confesión radical (1993); Del txistu a la telecaster. Crónica del rock vasco (1996); Potato, la utopía de una Euskadi Tropikal (1998), recoge los momentos dorados del rock vasco más actual (Fito& Fitipaldis, Marea) y reserva capítulos especiales a los gaztetxes y radios libres, a las relaciones del rock con el arte y la antropología cultural, y se cierra con una panorámica de cifras y datos sobre El negocio del rock.

Dedicado a la memoria del fotógrafo gasteiztarra Joseba Olalde, el libro contiene cerca de 60 instantáneas de los mejores profesionales de la fotografía rockera.

Las guardas del libro –una Euskal Herria rockera donde las villas han sido sustituidas por grupos- han sido dibujadas por el ilustrador Alfredo Fermín Mintxo Cemillán.

El diseño y la maquetación son del pintor Juan Sagastizabal y de su hija Andrea Sagastizabal.

 

 

 

 

 

 

* Edozein herriko jaixetan (en las fiestas de cualquier pueblo), subtítulo del libro, procede de la canción Lau teilatu, de Itoiz.